28 ago. 2007

Un buen día lo tiene cualquiera

Como no solo (sí, ya sin tilde, la Real Academia nos va a volver locos) de cine antiguo vive el hombre, vamos a incorporar de vez en cuando algunos comentarios sobre películas actualmente en cartelera, por si a alguien le ayuda. Comenzamos con este título, rodado en Valladolid (es de lo más interesante de la película, ir viendo las localizaciones):

Dirección: Santiago Lorenzo.
Reparto: Diego Martín, Juan Antonio Quintana, Roberto Álamo, María Ruiz.
Guion: Santiago Lorenzo.
Fotografía: José Luis Moreno.
Música: Malcolm Scarpa.

Película de buenas intenciones, en la que un joven padece un fracaso empresarial, se arruina y su vida personal no es mucho más gratificante. Sin hogar, se apunta a un programa social para hacer compañía a ancianos a cambio de un techo para vivir. A partir de aquí, y ayudado por la peculiaridad del anciano al que cuida, le ocurrirán una serie de peripecias, cada una más surrealista que la anterior.

Lamentablemente, la película no se queda más que en eso, en un planteamiento prometedor que no es aprovechado, sobre todo porque los personajes presentan un desarrollo psicológico bastante previsible y la trama se presenta carente de contenido. El final feliz no hace más que corroborar lo que se va anunciando toda la película, en la que el espectador rara vez se ve sorprendido. Las deficiencias narrativas, en las que el director se muestra bastante falto de recursos, obligan a que se haga uso de la voz en off.

Lo mejor de la película es la interpretación de Juan Antonio Quintana, que se come al resto de jóvenes intérpretes; lamentablemente, el guion le obliga a sobreactuar, pero su buen hacer es lo que puede hacer pasable a la película. En este caso, su procedencia teatral dota a su personaje del histrionismo necesario para que roce lo excesivo pero no cruce el umbral. Otros aciertos de la película son un par de gags bastante efectivos, que provocan la carcajada del público; sin embargo, la myoría no acaba de funcionar. Asimismo, destacable la banda sonora de Scarpa, que merece un escuchado posterior, además de tener una sincronía con la imagen que aporta algo diferente.

El espectador abandona la sala con la sensación de que se abusa de la casualidad, con muchas situaciones forzadas en demasía. El no pensar que lo que ves sea mínimamente verosímil, salvo que estemos ante una obra maestra, no suele funcionar, y la película paga la nula implicación del espectador. Además, algunos aspectos técnicos lastran en exceso al film, como la poco acertada iluminación en las escenas de interior. Finalmente, decir que el montaje es bastante pobre, especialmente en las conversaciones rápidas, donde el plano/contraplano se muestra muy artificial, forzado y caótico. El epílogo, impuesto por la productora, tampoco le hace ningún bien al resultado final.

Álex de la Iglesia dijo hace años que Lorenzo era la gran esperanza del cine español. Digamos que, o bien se confundió bastante, o es que nuestro cine está vegetativo.

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